Por buscar la verdad.-
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De tanto buscar la verdad, terminé hablando con un pájaro. El conoce la sabiduría del viento, de la soledad y de los árboles. Le pregunté por los mensajes de las voces del bosque y de las quebradas; sobre el significado de los versos, cuando se demencian los insectos en conciertos, que solo saben apreciar las almas románticas o enamoradas. Quedaron muchas preguntas en los labios y cientos de respuestas en el corazón. Decidí visitar al presidio, donde la naturaleza respira su olvido; las fieras contemplan el paso del tiempo, como si hubiesen perdido las esperanzas o se tuvieran que resignar a observar a la libertad desde lejos, o simplemente imaginarla. El ocio es un reloj sin cuerda y se aferra cual musgo a las piedras, mientras los animales se pasean desesperados, desilusionados, abatidos como los reos que van y regresan, desde y hasta puntos imaginarios que tallan sus huellas. La muerte contempla enjaulada, la mirada de sus verdugos. El desamparo y la impotencia es total. El miedo nos acecha, perseguido por su sombra. La muerte reencarna, en el sueño y la somnolencia de las decaídas fieras. El Rey de
Mi Amor, sé que no es fácil, entender el porqué vivo rebuscando respuestas. Tenemos que intentar entre todos, parar el tren del genocidio, aunque sea con las manos. Debemos congelar por un tiempo nuestros sentimientos. Un vaso de agua no basta, para tragarnos el amargo del dolor. Cada día la parca apreta un poco más nuestra garganta, casi hasta estrangularnos o cerrar nuestro circulo de vida. Ya se siente la desolación de la tierra y se vive cada día más fuerte, la ira de la naturaleza herida. Se respira miedo, pensar y preguntar, es igual de peligroso; así ya no se pregone desde los pulpitos, que asesinar a un idealista por el color de sus sueños, no es pecado; ahora las manos de los obispos, ya no bendicen las armas, en ceremonias más sofisticadas que las de los sicarios. Nadie ensueña con ilusión el final del camino; podemos tropezar con la muerte al dar un paso; arar la tierra ahora puede ser tan peligroso, como el jugar los infantes en el campo, bajo la mirada y el acecho del sino fatal. ¡El tren del genocidio, embiste descarrilado nuestros sueños!. No es amoroso el color de la sangre; son los tonos arcillosos de la muerte, que un perro con indiferencia lame, para borrar el siniestro destino y recuerdo de su amo…Hoy vi a los ojos, al dolor y a la muerte; vi perderle brillo a la sangre y escapársele el aroma de floresta a los cuerpos, que siempre serán los poetas del silencio. La mente iba hacia todas partes, estrellándose contra muros invisibles. Un amargo seco me partía los labios; un manojo de espinas, me asfixiaba con sus manos; un enorme peso, se sentó sobre mi pecho y una inmensa tristeza…y un gran desencanto, se apoderaron de mis sentimientos. Otra vez la mano ensalvajada del odio y de la bestia, degolló sin piedad una rosa, un amor, unos sueños. No hay una respuesta, que justifique la demencia del absurdo. Nada sacia la hambruna de los buitres murtes; nadie se compadece del dolor de nadie; nos acostumbramos a vestir de negro y a convivir con el dolor extraño. La desilusión arrastra mis pasos…ni un lucero brilla esta noche…
Contemplo como el paisaje adormilado, aún no despierta. Quizás el miedo se esconde, detrás de la vigilia. Solo respira el verde del paisaje; sé que es de día, por el sol que nace y el canto de los pájaros abriendo las semillas. Ya no acecha la guadaña de la parca, ni la víbora, ni la epidemia. Es la demencia de las manos del hombre. Es el absurdo de una lógica natural, retorcida y malvada.


